sábado, 3 de noviembre de 2012

Historia de un amor platónico (I PARTE)


HISTORIA DE UN AMOR PLATÓNICO

Una fría mañana de invierno, gris, plomiza el pequeño Jorge quitaba el relente del cristal de la ventana, con su pequeña mano. Fuera veía a su padre, que cojeando iba hacia la caseta donde estaba el mecanismo que daba vida a las vetustas barreras. Su padre se detuvo y saco su reloj de bolsillo para confirmar la hora en que tenía que bajar las barreras y con puntualidad británica las bajó. Al minuto exacto, pasó el expreso de las siete y quince minutos y empezó a oír  como chirriaban los frenos del tren pues se tenía que detener en la estación, que estaba a una milla escasa, para dar paso al tren ascendente que no debía de tardar más de tres minutos. Jorge escudriñaba con sus pequeños ojos, para poder ver lo que más le gustaba: las máquinas de vapor.  Las miraba deleitado, más bien extasiado. No había nada que le hiciera dejar de mirar,  incluso las advertencias de su madre llamándolo al orden para desayunar. Las máquinas eran su sueño más  anhelado, siempre estaba hablando de ellas, preguntando a su padre y a cuantos trabajadores de la estación encontraba.  Por fin pasó el tren ascendente. En cabeza una máquina tipo Pacific y una larga hilera de vagones de mercancías con dirección a Londres.  Jak, el padre, levantó las barreras al paso del último vagón  y entró en la casa para desayunar. Tenía el tiempo justo hasta que pasara el próximo convoy. Miró a Jorge y le dijo: “hijo ven a desayunar que vas a llegar tarde al colegio” a lo que el niño le contestó con una pregunta: “Padre,  ¿en la escuela me enseñarán a llevar una maquina de tren?”
El padre le contesto: “ No hijo,  en la escuela te enseñarán a leer y a escribir. Eso sí  que te ayudará en la vida para poder defenderte, hacerte un hombre inteligente;  así no tendrás que padecer como yo, las inclemencias del tiempo, pues tendrás un trabajo bien remunerado, para poder mantener a tu familia sin estrecheces. Tú podrás conseguir lo que yo no pude, devolverás el orgullo a nuestra familia, así podremos volver  a ir con la cabeza bien alta.  Entonces la madre le recriminó  a su marido, si no vamos con la cabeza alta es porque tú no quieres, porque lo que ocurrió nadie tuvo la culpa. Eres tú  el que te maltratas, a lo que él no quiso contestar. Dio un portazo y se fue.
El niño se quedo confuso, empezó a preguntarle a  su madre el porqué, del enfado de su padre a lo que ella le contestó: “ Hijo, cuando seas mayor tu padre te lo explicará”.  El niño no entendía lo que  le decía, pero vio que a su madre  le caían las lágrimas por las mejillas, y no preguntó más, le dio dos besos se dio la vuelta y marchó ; cruzo las vías del tren encaminándose al colegio  que estaba enfrente de la estación; llegó dio los buenos días al profesor, sentándose en su pupitre; sacó su libreta y el lapicero esperando la orden del maestro que levanto la mirada por encima de las gafas, lo miró, lo llamó y lo mandó al encerado para que hiciera unas operaciones de aritmética .
Mientras  en la casa la madre recogía los servicios del desayuno, llegó el padre cabizbajo se sentó en una silla miró a su esposa con los ojos rojos le pidió que se sentara a su lado y le pidió disculpas, pero ella le dijo que él no tenía  que avergonzarse de nada pues no había hecho nada deshonroso, solo había cumplido con su obligación, a lo que él le contestó: “Tú todo lo ves diferente pero la realidad es que me despidieron con deshonor por no cumplir con mi obligación”  y ella levantándose de golpe le espetó: “ ¿Acaso era tu obligación mandar a tus hombres a una muerte segura?, ¿era esa tu responsabilidad?.     Se hizo un silencio sepulcral, se miraron a los ojos fundiéndose en un abrazo, entonces él con voz tenue se quejó amargamente de lo que llevaba dentro royéndole las entrañas que no era otra cosa que el maldito accidente, pero para eso había que remontarse a diez años atrás.
Él venía de una familia de clase alta de la ciudad de Londres, con innumerables títulos nobiliarios y bien relacionados con la alta sociedad. Estudió  Ingeniería Industrial y algo de Arquitectura, en contra de sus dos  hermanos mayores que estudiaron lo que su padre les obligó: Finanzas.  Su padre nunca le perdonó que no estudiara lo que él quería, lo mandó con unas amistades que lo colocaron de bombero, lo cual le gustaba y subió rápidamente hasta llegar a jefe de grupo de una dotación. Todo el mundo lo apreciaba y sus hombres lo respetaban. Siempre era cauto en los incendios. Se hizo muy famoso, todos  lo reconocían por su gallarda figura. Al cabo de unos años hubo un trágico incendio en unos almacenes de Londres a los que acudió con sus equipos tres carros con agua jabonosa, otro con una bomba para impulsar el agua y un cuarto con las escaleras, total dieciséis hombres; al llegar le explicaron que era un edificio muy antiguo y hecho de madera y que llevaba ardiendo una media hora. Él dio la orden de montar la bomba para empezar a rociar el agua;  acto seguido mandó que la gente se apartara formando un cerco de seguridad y empezaron a echar agua mientras llegaban más carros de bomberos;  de golpe saltaron los cristales de una de las ventanas aprovecharon esa abertura para  dirigir una de las mangueras  para ir echando agua al interior. Poco a poco parecía que le iban ganando metros al fuego. Los bomberos querían entrar  dentro del edificio pero él no quería,  pero sus jefes insistían constantemente pues el dueño de los almacenes era un benefactor de los bomberos y nada más hacía que decir que estaba perdiendo mucho dinero  y que nadie hacia nada por evitarlo. Entonces mandó a sus hombres que entraran  para evaluar cómo estaba la estructura del inmueble y así lo hicieron. Cuando no llevaban ni un minuto el edificio empezó a crujir; sólo le dio tiempo a entrar,  chillar: ¡¡ Salir, salir esto se hunde!!  cuando la estructura se vino abajo.  Cuando consiguieron llegar hasta él, vieron que le había caído encima de la pierna izquierda parte de la estructura y se la había destrozado, estaba sin conocimiento;  lo sacaron, lo trasladaron al hospital e intentaron recomponerle la pierna. Pasó unos días inconsciente y cuando volvió en sí,  le explicaron que ocho de sus hombres habían muerto. Cayó en una depresión,  nada tenía interés para él.     Paso tres meses y le dieron el alta de la pierna, pero lo mandaron a un sanatorio para que se recuperara su salud. Allí conoció a Marlene que era la enfermera de su pabellón; era francesa,  hija de un cirujano parisino que la había mandado a Inglaterra a hacer prácticas. Ella se involucró en ayudar a aquel joven de mirada perdida. Poco a poco le fue haciendo salir de su tristeza y dándole otros alicientes de superación. Sin darse cuenta se fueron enamorando hasta que ya no podían estar el uno sin el otro.  Un día le llego a Jak una citación que le decían que se tenía que personar sin falta en el Palacio de Justicia en la sala dos, al lunes siguiente y que fuera acompañado de su abogado para poder recoger la denuncia que varias instituciones públicas le  habían puesto. En caso de no comparecencia sería denunciado a la policía para su detención .
Se dirigió con una cojera muy acusada, al despacho del Jefe médico. Pregunto por él, le dijeron que tomara asiento que enseguida vendría; se sentó en una silla y se pasó la mano por su pierna dolorida. En ese momento llegó el médico,  lo hizo pasar a su despacho preguntándole a que venían tantas prisas, Jak sacó del bolsillo el correo que le habían entregado y le espetó por esto. El doctor lo leyó atentamente y le dijo: “Amigo mío, ¿cuánto tiempo hace que no lee un periódico?”, desde que me ingresaron contestó Jak, “pues muy mal hecho, llevan hablando de su mala gestión al frente del siniestro desde el día que ocurrió. Se han cebado en su persona con saña y alevosía, incluso su familia no quiere saber nada de usted”, le dijo el médico y sacando un sobre se lo entregó. Esto me lo trajo el mayordomo de su padre con una nota para mí,  que decía que no le deje salir de aquí para que lo declaren enfermo mental así su familia podrá recuperar su buen nombre y el  estatus que usted les ha destruido. En ese sobre, desconozco lo que hay, me lo dieron lacrado y así sigue, a lo que  Jak le dijo: “No se preocupe,  enseguida lo sabremos pero viniendo de mi familia nada bueno espero”. Lo abrió y eran unos documentos del abogado de su padre;  los leyó atentamente durante un largo rato y después se los echó encima de la mesa y le dijo: “Lea usted la resolución en voz alta por favor”. Por la presente y en arreglo a las órdenes recibidas de su padre,  se le comunica que queda excluido de todo los bienes, patrimonio y privilegios de la familia Smit-jonson y además se le prohíbe  usar los apellidos de su padre,  no permitiéndole la entrada a  ninguna de sus fincas bajo fuertes acciones judiciales. Firmado j. Smit-Jonson.  Leyó el doctor.

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